
El domingo era el peor día de la semana al no existir actividad en el taller. Se distraía con los juguetes que le trajeron los Reyes el año anterior y que eran un juego de bolos de madera coloreados, un pequeño parchís, un acordeón, con fuelle de cartón, de cinco notas y la hucha mágica que se tragaba las monedas. Al final de la tarde, cuando su padre volvía del Café, le traía invariablemente una barrita de chocolate Elgorriaga, que se comía sin dilación.

Aquel otoño, su madre le acababa de tejer un precioso jersey de lana de color amarillo, más bonito que las plumas de los canarios.

Una tarde, estando en la escuela de párvulos, entró en la misma el tío Timoteo y le dijo a la maestra que su padre se había caído con la moto y se lo habían llevado a la ciudad. Fue a casa angustiado y temeroso. De madrugada trajeron su cadáver y a la tarde siguiente, su tío lo tomó en brazos para entrarlo en la sala donde su padre yacía en la cama con la cabeza vendada. Le dijeron que le diera un beso y lo llevaron a casa de unos vecinos, donde una hora después vería a través de la ventana el cortejo fúnebre camino del cementerio.

Al domingo siguiente lo vistieron para ir a misa y al ponerle el jersey nuevo observó que una de las mangas llevaba cosida una gran cinta negra a su alrededor. Andaba por la calle mirándola con disimulo y un sentimiento mezcla de temor y de vergüenza, sentimiento que nunca lo abandonaría cada vez que se lo ponía.

Han pasado cincuenta años y a veces, entre sus cosas, aparecen los juguetes que conserva como pequeños tesoros. Los toca unos instantes y al volverlos a guardar piensa que en todo ese tiempo nunca ha vuelto a ponerse un jersey amarillo.

































Aceptando que los traductores puedan tener las manos manchadas, hemos de observar que no todos las tendrían igualmente sucias. Dentro del gremio también hay sus categorías. Dios nos libre de aquel traductor 








