sábado, 11 de septiembre de 2010

CALLAS


María Callas fue la cantante más grande del mundo.
Schomberg

Un 16 de septiembre, en su casa de París, hace ya 33 años, María Callas, tras tomar un baño, pidió a su sirvienta una naranjada, la bebió y se desplomó inconsciente en el piso. Así fue su adiós a la vida.


Ha pasado más de medio siglo desde su debut y seguimos recordando sus actuaciones legendarias en La Scala de Milán. Su talento dramático. Su look a lo Audrey Hepburn, después de perder más de veinte kilos. Su relación con Elsa Maxwell. Su apasionado romance con Onassis. Su empatía con Giuseppe di Stefano y sus desencuentros con Renata Tebaldi.


Los aficionados a las anécdotas recordarán estas dos perlas sobre su rivalidad con Tebaldi. Unos periodistas le preguntaron a la Callas por su rival y su respuesta fue fulminante: «Miren, no digan más tonterías, la señora Tebaldi es gaseosa y yo soy champán francés». En Chicago, Renata Tebaldi interpretaba el papel de Aida y Callas estaba entre el público. Esperó hasta el momento en que Tebaldi iniciaba el “O patria mía” para crear un gran alboroto gritando que había perdido sus perlas. Cuando era mala, era muy mala.



En 1949, en Venecia, María Callas interpretó el papel de Elvira de I Puritani, con esta versión se inició una nueva era en la ópera. El bel canto estaba por entonces desacreditado. En el repertorio internacional sólo figuraban Norma, Lucía, El Barbero de Sevilla y poco más. María Callas con aquella interpretación de la ópera de Bellini reinstauró la soprano drammatica d’agilità. Demostró que la ópera del bel canto era algo más que simples gorjeos y consiguió que los teatros de todo el mundo desempolvaran esas partituras. Fue una auténtica revolución.

También tuvo sus detractores, aún los tiene. No les gustaba su timbre, entre otros “defectos”. Como decía el cómico mexicano: “Qué mala es la falta de ignorancia”.

Hace años presté de forma irreversible una biografía de la Callas escrita por su marido, G.B. Meneghini. Allí me enteré que Meneghini siempre tuvo la duda de si su esposa se había suicidado. Encontró en su libro de rezos una nota, un papel azul con el membrete del Hotel Savoy de Londres y con fecha verano 77 - días antes de su muerte- donde María Callas había escrito: ”In questi fieri momenti, tu sol mi resti. E il cor mi tenti. L’ultima voce del mio destino, ultima croce del mio camin”. Con estas palabras comienza el aria del suicidio de Gioconda en la ópera de Ponchielli.

Los acontecimientos que rodearon su muerte bien pudieran figurar en el libreto de una ópera. No dejaron ver el cuerpo a nadie, ni siquiera a los amigos más íntimos. Había sido una muerte súbita y sin embargo no se le hizo la autopsia. Incineraron su cuerpo a pesar de que ella quería ser enterrada en Sirmione. Sus cenizas se perdieron durante dos días y cuando por fin las iban a trasladar a Sirmione fueron esparcidas por el Mar Egeo, no quedando así ningún rastro de la diva.



Afortunadamente nos quedaron sus óperas. La Lucía de 1955 con Karajan. Su Medea de 1958 en Dallas; la Violeta del mismo año en Lisboa con A.Kraus y sus interpretaciones de Amina, Elvira, Lady Macbeth, Norma, Gioconda, Leonora, Tosca…




No sé ustedes, pero yo le haré mi homenaje particular escuchando una joya discográfica, una grabación considerada como la cumbre de todo el arte operístico en discos: ”Tosca”. 1953. EMI. Orquesta Teatro alla Scala de Milán. Dirigida por Victor de Sabata y con un reparto insuperable: Callas (Tosca), Giuseppe di Stefano (Cavaradossi) y Tito Gobbi (Scarpia).


La diva más grande de la historia de la ópera, “La Divina”, acabó sus días sola. Esa soledad la mató.



Telón.