domingo, 27 de marzo de 2011

"ENCHUFAOS"

A mi hermano Antonio.


Hace cincuenta años, estudiar en el mismo instituto donde tu padre ejercía de catedrático era sencillamente una bicoca, una mamandurria. Por aquellas fechas los catedráticos de instituto escaseaban -en Murcia había tan solo media docena- y formaban una casta dominante que gozaba de no pocos privilegios dentro de los institutos. Ser hijos de Don Rafael Verdú, de Don José Cos, de Don Luis González Palencia o de Don Juan Belda te permitía pasear por el Alfonso X como por tu casa.




Mi hermano Antonio y yo hicimos juntos el bachillerato. Nuestro padre, don José Cos, era catedrático de Física y secretario del instituto. El final de la película  ya lo conocíamos en el mismo instante en que empezaba el curso: sacaríamos Sobresaliente en todas las asignaturas impartidas por los becarios -Una clase insegura y en perpetua expectativa- y el Notable sería  la nota más raquítica que obtendríamos por parte de algún que otro mandarín. Nuestro esfuerzo apenas sería tenido en cuenta, daría igual si estudiábamos como si no. El éxito estaba asegurado.



Así aprendimos a oír sin escuchar. A vivir en nuestro mundo mientras un paciente profesor nos explicaba la diferencia entre la sinalefa y la elisión. Ellos, los desasnadores, recitando su lección magistral desde la tarima -por cierto, qué error, qué gran error suprimirlas- y nosotros ocupados tan solo en aprender a ser felices.

Toda esta felicidad se veía interrumpida cuando llegaba el mes de junio y nos entregaban las notas. Era el día más triste del año. Tratábamos de esconder los boletines para que nuestros compañeros no pudieran leer nuestra lista de regalos. Era inevitable, nos los arrebataban y teníamos que soportar a los compañeros más quisquillosos persiguiéndonos por los pasillos del instituto insultándonos: enchufaos, enchufaos. ¿Qué culpa teníamos nosotros si habíamos nacido príncipes?





Otro privilegio que disfrutábamos por ser hijos de nuestro padre era pertenecer al prestigioso y muy premiado coro del instituto. El director del coro, mi siempre querido Padre Azorín, nos permitía hacer todo lo que nos diera la gana salvo una cosa: cantar. Nos utilizaba de atriles. Nos cubría de partituras y si emitíamos un sonido, por pequeño que fuese, nos miraba fijamente al tiempo que se llevaba el dedo índice a los labios en clara señal de silencio.

Enchufaos, enchufaos, enchufaos...Parece que los estoy oyendo.




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